Última modificación realizada el 27/07/2020 13:46 por Juan Camilo Cárdenas Urrego

Naveta

Anónimo

Plata laminada y cincelada

12,8 x 5,8 x 16,5 cm

Siglo XVIII


Durante el periodo colonial, las iglesias y conventos fueron grandes comitentes y mecenas de diversas piezas en plata y oro que servían para la celebración del culto religioso y el ornato de iglesias e imágenes. Así, a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII se labraron custodias, cálices, cruces, acetres y otros objetos litúrgicos con diversidad de piedras y metales preciosos. La materialidad de estos objetos se valoraba, en gran parte, por su simbolismo, pues al ser labrados en metales nobles se los consideraba dignos de contener el vino de la consagración, la hostia o ciertas resinas sagradas utilizadas en la celebración de la liturgia. El uso de estos materiales en la elaboración de estas piezas —y no de otros como el plomo o el estaño— garantizaba el cumplimiento de las disposiciones establecidas en el Concilio de Trento (1545-1563). Junto con la nobleza del material, su brillo creaba una serie de efectos lumínicos que reforzaban los mensajes simbólicos que se buscaba transmitir mediante estas piezas. Ejemplo de esto son los resplandores y aureolas que coronan imágenes de santos y santas, pues gracias a ellos se hacían visibles de modo simbólico la divinidad o santidad de estos personajes.

Esta naveta es un ejemplo de la relación existente entre el material y su uso. Por lo general, este objeto se utilizaba para guardar el incienso, resina que al quemarse cumplía la función de purificar el espacio y que fungía a la vez como un símbolo de las plegarias del creyente que, a semejanza del humo aromático del incienso, ascienden al cielo. Siendo este el simbolismo sagrado del incienso, el recipiente que contuviera esta resina debía estar elaborado en un material noble, como la plata. Generalmente a las navetas las acompañaba una cuchara, utilizada para introducir la resina en el recipiente o sacarla de allí para disponer de ella.

La relación simbólica entre material y objeto no concierne solo al uso asignado al recipiente, también se refleja en la forma que se le daba. El nombre naveta deriva del latín navicŭla, ‘barco pequeño’, en español, y se relaciona con la forma de la pieza, alusiva esta a la metáfora medieval de la Iglesia como una nave —o barca— de redención. Es de ver que esta forma particular comenzó a usarse a partir del siglo XIII, momento en el que se popularizó dicha metáfora. El ejemplar del Museo Santa Clara se compone de tres partes: la primera, el recipiente con una sencilla decoración floral y una tapa curvilínea; la segunda, el corto soporte tubular, que une la parte superior a la inferior, y finalmente, un pie circular plano y liso que da soporte al conjunto.