Cruz procesional (anverso y reverso)
Anónimo
Plata martillada y cincelada con apliques en fundición
100 x 50 x Ø 22 cm
Siglo XVII

Un elemento común en las diferentes procesiones eclesiásticas y civiles del periodo colonial fue la llamada cruz procesional. Mediante este artefacto, la presencia de Cristo se materializaba en estos eventos, fundamentales en el calendario religioso de las urbes coloniales. Las cruces procesionales representaban también el poder jerárquico de la Iglesia: dependiendo del número de travesaños, podían simbolizar el poder arzobispal (dos brazos) o el papal (tres brazos).

Durante el siglo XVII, las cruces procesionales alcanzaron un gran nivel de desarrollo ornamental e iconográfico. Una de las características principales de este tipo de cruces fue el aprovechamiento de sus dos caras para cincelar en ellas temas iconográficos cuya confluencia en un mismo objeto no solo hacía posible que se significaran y complementaran recíprocamente, sino que entablaran un enriquecido diálogo con su entorno social y cultural. Así, todos los asistentes, tanto los que precedían la procesión, como quienes iban tras ella, veían todo el tiempo y sin importar la perspectiva en la que estuvieran ubicados, imágenes con finalidades catequísticas.

En este ejemplar del Museo Colonial la cara anterior de la cruz muestra en su centro un Cristo crucificado. Una representación idealizada de la ciudad de Jerusalén enmarcada por un sol radiante a la derecha y una media luna a la izquierda, sirven de fondo a esta figura. Los extremos de esta cara rematan en cuatro medallones, cada uno con el retrato de uno de los evangelistas acompañado por su atributo correspondiente. A esta conjunción iconográfica se la llama tetramorfos y la conforman san Juan acompañado del águila, en la parte superior; san Mateo con un libro abierto sobre las piernas, en la inferior; san Marcos junto con el león alado, a la derecha y san Lucas y el buey, a la izquierda. La combinación de estas imágenes alude posiblemente a los evangelios canónicos, que relatan la vida, enseñanzas y pasión de Jesús como modelo a seguir.


En la cara posterior se encuentra una imagen de María en su advocación de Inmaculada Concepción. En cada extremo de esta sección aparecen cuatro medallones con los cuatro doctores de la Iglesia Católica: san Gregorio, representado con las vestimentas papales; san Agustín, con los trajes obispales; san Jerónimo, con sombrero de peregrino y finalmente, san Ambrosio con una mitra y sentado junto a una construcción que podría ser una iglesia. Los cuatro personajes portan también cada uno un libro. La presencia de estos cuatro teólogos en la iconografía concepcionista se debe a que ellos, por medio de sus escritos, apoyaron y defendieron este dogma mariano.

Es importante mencionar que en las procesiones participaban todos los miembros de los diversos estamentos sociales. Justamente al ser eventos de amplia envergadura, cumplían una función catequística sobre los valores devocionales asociados a Cristo, a la Virgen u a otro santo, a partir de las directrices impartidas por el Concilio de Trento (1545-1563).