Cruz procesional

Anónimo

Plata labrada y repujada sobre alma de madera

71 x 44,5 x 52 cm

Siglo XVIII

 

Durante la Colonia, las procesiones religiosas y civiles desempeñaban un rol fundamental en la vida en las ciudades. Al ser eventos de gran magnitud, representantes de todos los estamentos sociales participaban en ellas. Su desarrollo, por lo demás, respondía a un protocolo social y de uso de los objetos, entre los cuales, uno de los más importantes eran las llamadas cruces procesionales, que encabezaban toda marcha religiosa. Por lo general, este elemento se encajaba al extremo de una vara larga, llamada pértiga, que al elevar la cruz a una altura que la hacía sobresalir de la multitud, permitía que fuera visible para todos los que acompañaran la procesión.

Conforman este tipo de cruces ceremoniales un alma o segmento de madera ubicado a modo de soporte al interior de la pieza y a la que recubren láminas de plata que podían estar decoradas o no. A nivel estructural, estas cruces tienen tres partes: 1) el cuerpo, llamado árbol; 2) una sección esférica sobre la que este se sostiene y que recibe el nombre de nudo y, finalmente, 3) la ya mencionada pértiga o vara que sostiene la pieza. Es importante señalar que tanto en el anverso como en el reverso, este tipo de cruces contaban con motivos iconográficos. Ubicada justo en el lugar donde se intersectan el madero y el travesaño, la iconografía del anverso se relacionaba temáticamente con la ubicada en la cara opuesta; por lo general, la pareja iconográfica elegida era la de Cristo en la cara frontal y la Virgen María, en la posterior. La recurrencia de este motivo seguramente responde a la importancia de estas figuras en los procesos de evangelización en el territorio americano.

Este ejemplar del Museo Santa Clara presenta una decoración bastante sencilla. En el madero y el travesaño se observa un labrado liso de la plata, carente de decoración floral u ornamental. Los tres extremos superiores de la cruz rematan en formas ovaladas. En el centro está la imagen de Cristo crucificado, mientras que en la cara opuesta vemos la representación de la Virgen María en su advocación de Inmaculada Concepción, dogma ampliamente defendido a lo largo y ancho de los territorios hispánicos y respaldado por la Corona española.