Última modificación realizada el 26/08/2020 15:49 por Juan Camilo Cárdenas Urrego

San Jerónimo

Anónimo

Óleo sobre tela

107 x 78 cm

Siglo XVII


Uno de los santos más representados en la pintura colonial es Jerónimo, santo del siglo IV e. c. Doctor de la Iglesia, este santo es ampliamente reconocido por la traducción de los Evangelios, los Salmos y el Antiguo Testamento del arameo y griego antiguo al latín. Estas traducciones conformaron la Vulgata latina, es decir, la recopilación de la versión latina de los textos canónicamente aceptados por la Iglesia católica. Por su labor de traductor san Jerónimo es considerado uno de los grandes exégetas bíblicos, pues sus traducciones ejercieron gran influencia en los diferentes teólogos que interpretaron la relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. También, fue defensor de la creencia en la Inmaculada Concepción de María, tema de gran polémica para los teólogos de Antigüedad tardía.

La iconografía de este santo varía entre dos modelos principales: el primero, lo representa con la vestimenta de un cardenal del siglo XVIII, es decir, con la sotana, el roquete, la capa roja y el sombrero de ala ancha. Si bien, durante la vida del santo este cargo no existía dentro de la organización eclesiástica, fue una forma de representar su rol como secretario del papa Dámaso I (304-384).

El segundo modelo, más conocido, muestra al santo como un eremita del desierto que está en el acto de la penitencia, representación que hace referencia al retiro que hizo Jerónimo en una cueva cerca a Belén. Por tal razón, las pinturas y esculturas que siguen este modelo presentan al santo semidesnudo, con una túnica rojiza que cubre parte de su cuerpo, mientras que con una de sus manos sostiene, en algunos casos, una calavera, símbolo barroco de la reflexión ante la muerte o en otros, un crucifijo, representación de la contemplación mística de la figura de Jesús. En una roca que se ubica frente él también se representa una Biblia y un tintero para mostrar su rol de traductor. Finalmente, lo acompaña un león, que haría referencia la fiereza con la que defendió a la Iglesia de diversas herejías.

El óleo del Museo Santa Clara sigue esta segunda representación. En ella se hace especial énfasis en la mirada del santo dirigida al crucifijo, única acción representada en la imagen. Gracias a este particular visual es posible pensar que la pintura enfatiza la vida contemplativa del santo como modelo ejemplar y de virtud que debía ser imitado por la comunidad monástica de las clarisas.