San Francisco de Paula

Anónimo

Óleo sobre tela

177 x 127 cm

Siglo XVII


San Francisco nació en la ciudad italiana de Paola, en 1416 y murió en la ciudad francesa de Tours, en 1507. Desde muy temprana edad, su vida estuvo marcada por un sentido religioso que le llevó a tener una existencia eremítica de extrema pobreza y humildad en una cueva aislada de todo contacto humano. Su vida religiosa fue tan atrayente que en poco tiempo varios hombres y mujeres se unieron a la vida monástica del santo. En 1470, mediante aprobación diocesana, se fundó la Orden de los Mínimos, comunidad que tiene como eje rector la práctica de la humildad extrema y de la caridad. Este decreto fue ratificado por el papa Sixto IV, en 1474.

La fama de este santo se acrecentó gracias a las historias que relatan sus milagros, entre ellos, la curación de enfermos y su don de la profecía, que le permitió predecir la caída de Constantinopla en 1453. Su reconocimiento fue tal, que el rey Luis XI de Francia, en su lecho de muerte, solicitó la presencia del santo para curar la enfermedad que lo aquejaba. Si bien, san Francisco no pudo sanarlo, se cuenta que gracias a su intervención se evitaron varios conflictos entre la corona francesa y la aragonesa. Esta razón ha llevado también a que el culto del santo tenga un fuerte carácter político.

Iconográficamente, se representa a san Francisco como un hombre mayor con barba larga, ataviado con el hábito negro característico de su orden y con el escapulario corto atado a la cintura. Junto a la figura del santo aparece, por lo general, un sol rodeado por ángeles con la palabra CHARITAS escrita en su centro. Según la biografía escrita por Jean de Milazza, el origen de este símbolo se vincula a un momento en la vida de san Francisco, quien un día, en medio de la oración, vio a san Miguel Arcángel. El su visión, el ángel le mostraba un círculo rodeado de rayos fulgentes. Escrita en el centro de este círculo se leía la palabra latina charitas —'caridad', en español—. En la visión, el ser celestial decretaba ante el padre fundador de los Mínimos el uso de este símbolo como escudo de la orden. La experiencia de esta aparición reafirmaba la misión principal de la orden: el ejercicio de la virtud de la caridad, es decir, el amor incondicional a Dios por sobre todas las cosas. Para los Mínimos, este amor se materializa en la humildad extrema, la pobreza y la abstinencia, practicadas en medio de una vida contemplativa. La presencia de este santo en el antiguo templo de las clarisas lo convertía en un modelo de virtud para las religiosas.